Sólo Dios perdona

Publicado: enero 8, 2014 de josemasaga en Película
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Ponedme en la portada, que soy el guapetón

Ponedme en la portada, que soy el guapetón

Drive, la anterior película del tándem director/actor protagonista de esta misma, me dejó bastante picueto. Cuánto se puede hacer con bien poquito, oye. Si no la conocéis, os conmino a que le echéis un vistazo, porque de verdad que merece la pena: género gangsteril actual con toques retro, repleto de cagadas monumentales de esas que Tarantino tan bien ha explotado. Veamos si puedo decir lo mismo de esta…

Parece ser que Ryan Gosling, el macizo protagonista (algo en lo que no estoy de acuerdo, por cierto… en lo de prota, no en lo de que esté de buen ver) se está encasillando, el chico. O eso o es que de verdad se pasó con el bótox y no puede sonreír sin que se le levanten los dedos del pie. Sus registros en la peli se limitan a mirar al infinito como si estuviera miope o le hubiera dado un aire, y ya. Algo que en Drive quedaba redondo, en Sólo Dios perdona (ahí, con mayúscula esa alusión a la suma deidad, qué respetuoso el productor y el traductor) pueda llevar a la exasperación, a ganas de darle una colleja a lo monja de colegio de la transición.

La cinta tiene lugar en un Bangkok poco creíble, con el silencio como telón de fondo; no es por tirarme el pliego (o sí), pero he estado allí y si creéis que un bar español es ruidoso, mejor no vayáis. Está claro que es un recurso del director para acentuar el malsano e inquietante ambiente que la permea, pero me rechina por completo. Gosling es el capo de una organización mafiosa que trafica con droga, y que mantiene una tapadera en un gimnasio-ring de Thai boxing. Su hermano es parte del cotarro, hasta que, sin que sepamos a cuenta de qué, le da por asesinar a una chiquilla y quedarse como un pasmarote hasta que le ajusticia el padre de la susodicha. Esto provoca la aparición de la madre de ambos angelitos, una Kristin Scott Thomas en un papel de madre hija de puta totalmente insólito en ella, y que la muy jodía borda. Al contrario de la fama que me he ganado, no desvelaré el final de la historia, pero por supuesto todo va de mal en peor y el baño de sangre resultante es épico.

Dale un besito a mamaíta

Dale un besito a mamaíta

No sé ni por dónde empezar. Por un lado, el papelón del pobre Gosling: vaya mierda de personaje, querido. El auténtico prota es el jefazo del detective Tailandés, que seguramente quería salir en una peli de samuráis pero se conformó con pasear la mini-katana por esta producción. Haciendo alarde de una frialdad brutal, se pasa el exiguo metraje seccionando miembros y torturando a placer, mientras que en escenas aparte se le muestra dándolo todo en un karaoke. Da escalofríos, y simplemente su personaje merece la película. Eso, o se me escapan las implicaciones culturales de este país asiático (que también es posible).

El director hace uso y abuso de la cámara fija, creando más que escenas, fotografías o incluso cuadros (he contado sólo tres escenas en las que hubiera un travelling o movimiento alguno de cámara). Esto, junto con el ritmo lento y las grotescas y extrañas situaciones, le confieren a algunos momentos un aspecto de insólito costumbrismo contemporáneo mezclado con la horterez inherente a la cultura Tailandesa. Sí, lo siento, son horteras a más no poder, incluso en sus demostraciones folclóricas (bueno, como lo son las de todos los países y culturas).

Si a esto le sumamos una banda sonora apabullante, que crea una atmósfera opresiva y agobiante, y la cualidad Lynchiana de la luz, con sus rojizos tonos, sus salones y habitaciones con rincones a oscuras, tenemos que aunque es una historia en apariencia muy realista, a veces parece que estemos contemplando un fragmento de sueño, una fantasía paranoide. Además, algunas escenas juegan con la total ambigüedad de si son provenientes de la imaginación de Gosling, o ensoñaciones, o nada de ello. Cacao maravillao, pero a mí estas rayadas me gustan, qué se le va a hacer.

Por último, esta cinta tiene una característica muy curiosa, algo en lo que no suelo pararme a pensar, pero que en esta ocasión fue patente casi desde el principio: no me sentí identificado con nadie en la peli. Con nadie, repito: ni para bien ni para mal. Son un compendio de seres humanos deplorables, angustiantes, patéticos, sin ninguna cualidad que les pueda redimir. Es que ni la supuesta prostituta cuenta con mi conmiseración o empatía. A ver qué otro director puede conseguir eso; no es moco de pavo, oiga.

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