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Daredevil

Publicado: mayo 20, 2015 de josemasaga en Serie
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Llegué tarde al mundo del cómic en general y de los súper-héroes en particular. Cuando lo descubrí, mi visión y entendimiento ya estaban contaminados por otros medios, así que nunca me calaron las extrañas historias de gente en pijama que soltaban parrafadas eternas mientras se zurraban la badana. Para agravarlo, me inicié a través de la Marvel y sus rocambolescas historias de mutantes, con las que a veces dudabas si estabas leyendo un Dallas o un Falcon crest hipervitaminado o la auténticas andanzas de una gente a la que le pasaba todo lo malo del uni(multi)verso. Para poner el último clavo en el ataúd, me encontré pronto con los comic-books pedantes estilo Sandman, que a mi yo del pasado no muy lejano le confirmaron en su infantil sospecha de que los súper-héroes eran para niños o gente con problemas de acumulación de papel.

Curiosamente, he tenido que convencerme de la seriedad y las bondades de este sub-género que está viviendo su segunda edad de oro, oh ironías del destino, en el cine y ahora en la televisión. Y si ya el Batman de Nolan nos enseñó a los incrédulos que esto de los súper-tipos no va realmente de vestir raro, hablar más raro aún y soltar galletas, la serie de la que hablo en esta entrada me lo ha confirmado.

Porque, y usando un recurso que ya es un cliché, os digo como conclusión desde el principio que esta serie es una hostia en los piños: impactante, sangrienta, y que deja secuelas.

Eso sí, no se libra de la pose "cuclillas". Aunque sea en unniforme del decartón

Eso sí, no se libra de la pose “cuclillas”. Aunque sea en uniforme del decartón

La capa…

Esta serie no se achanta. Es cruda y cruel, y no hace ascos a cepillarse a personajes que en otros seriales durarían la temporada entera (¿herencia de Juego de tronos?). Toca temas que otras historias de gente con capa no lo harían ni con un puntero láser, y muestra a la arquetípica Nueva York como un sumidero infecto tanto físico como mental. Que los dos protagonistas estén obsesionados con ella le otorga un toque psicótico a ambos y desdibuja la línea entre ellos y la legitimidad de lo que hacen, ya sea según las leyes institucionales o las de la moral o la ética.

Un héroe que se precie necesita un antagonista a su altura, o más. Un némesis que no sea una caricatura desdibujada, sino una personalidad bien construida y tan atrayente como el protagonista. O, qué hostias, que se convierta por méritos propios en un protagonista. El Kingpin de este Daredevil es todo esto y más: se hace con la pantalla por volumen físico y actoral. No solo es calcado al personaje del tebeo, además insufla vida en el típico rol que suele ser únicamente la comparsa del bueno de la historia. Nos muestra a un personaje atormentado, repleto de dudas, capaz de la más abyecta violencia pero al mismo tiempo de la pasión y la dedicación más encomiables.

¿Y nuestro amigo de la ONCE? Pocas veces he visto mostrar con tanta honestidad la duda, la debilidad, y la humanidad de un supuesto súper hombre. Hay una escena que lo suma y resume todo en meros segundos: Murdock se despierta tras sobrevivir a duras penas una de tantas palizas recibidas. El rostro de dolor, indefensión, y derrota que su rostro expresa da ganicas de llorar. El famoso abogado se tira gran parte de la serie sin saber una mierda, dando palos de ciego (festival del humor) y recibiendo como un punching ball. Sus poderes y habilidades, aunque claramente sobrehumanos, se integran a la perfección en su personaje, y nos son mostrados y explicados de una manera orgánica y realista, sin apresurarse. Que vista un disfraz del Decathlón durante toda la serie acentúa y subraya su condición de héroe dubitativo y amateur.

El elenco de malosos es inquietante y muy completo, desde los imprescindibles mafiosos rusos pasando por una especie de ninjas japoneses, hasta una tríada china que emplea peones ciegos. Pero lo más descorazonador y realista es que todos los estamentos y los poderes de la sociedad están completamente infiltrados y corrompidos: jueces, políticos, periodistas, policías, tenderos, paseadores de perros… Esto claramente no es casual, y aunque enlaza con la historia de Daredevil y su enfrentamiento con un Kingpin que tiene en su poder a media ciudad, también es elemento fundamental en las ínfulas noir y de historia de detectives y policías que esta serie pretende acaparar.

Y para todo esto no hacen falta unos efectos especiales de relumbrón; la mayoría de la pirotecnia se les va en peleas prefectamente coreografiadas y algún que otro tiroteo. Nada de pesadas persecuciones, combates eternos, o villanos con poderes ridículos.

…y la kriptonita

Los comic relief (que luego mutan, por suerte) y sus andanzas en la trastienda de la serie llegan a cansar. Hablo de la administrativa Karen y el amigo del alma y socio Foggy. Karen, la sidekick secretaria, me parece a menudo sobreactuada. Y al pobre Foggy le ha tocado una mierda de papel, así os lo digo.

La historia secundaria de estos dos, por cierto, y a la que se suma el personaje del reportero Ben, es muy floja y parece más de relleno que otra cosa. Está claro que pretende ser el contrapunto más humano y normal en un mundo con tipos que pueden dar patadas voladoras, pero es repetitiva y uno se descubre teniendo ganas de que pase lo más rápido posible. Además, destacar el detalle de la secundaria latinoamericana, que no da el pego: coño, ¿de verdad no podíais encontrar a una actriz de verdad hispanohablante? Muy cutre. Y mira que pretende reivindicar una comunidad, pero les sale el tiro por la culata.

60 minutazos (o casi) por capítulo son muchos minutazos. No hacen falta, muchas conversaciones y escenas huelen a pacotilla: ¿hacían falta? Yo digo que no, que se nos muestra más con lo que no vemos (festival de humor 2) que con lo que se empeñan en contarnos. Esta es definitivamente una historia que se podía haber contado con la mitad de tiempo sin ningún problema y sin que la coherencia de la trama se viera afectada.

En definitiva, una temporada (que se había planeado como única, por cierto) autoconclusiva que junto con otros contados ejemplos (de varios medios) trae el género de la capa y el antifaz al siglo XXI. Y no solo eso: se codea (u hostia) con otras series o creaciones supuestamente más serias o realistas.

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Arrow

Publicado: octubre 30, 2013 de josemasaga en Serie
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Ya podéis verlo: la serie trata sobre Kant y la filosofía centroeuropea

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A veces pasa. Algo que debería repelerte, horrorizarte, aburrirte y causarte en general un enorme desinterés consigue, contra todo pronóstico, engancharte. Hablo de Arrow, una serie sobre un súper-héroe más bien sosainas de la factoría DC Cómics, que mientras escribo esto (¡qué ganas tenía de soltar esa frase!) comienza su segunda temporada. Todo un logro en un mercado (el estadounidense) copadísimo y más competitivo que las compañías telefónicas españolas. O algo.

CWTV es la productora de este bodrio, un canal que ha parido seriazas como Supernatural o Vampire diaries. Vamos, que tienen a los adolescentes dando botes de alegría. No voy a negar que me preocupa que mis gustos coincidan con el público estadounidense más joven, pero es que en el fondo soy un adulto con alma de joven. Eso, o que mi nivel de zombificación empieza a alcanzar cotas peligrosas.

Incluso aunque no hayáis leído un cómic en vuestra vida (de Green arrow o cualquier otro, da igual), la historia de Oliver Queen os va a sonar un poquito por lo menos. Que sí, ya veréis. Este insoportable niño pera naufraga en una isla supuestamente desierta, naufragio en el cual muere su amante y su padre, que resulta que era un hijo de puta importante (su padre, no su amante, que la pobre era simple como el asa de un cubo). Como bien nos enseñó Lost, ninguna isla es lo que parece; efectivamente, en este trozo de tierra en la costa del Mar de China hay más gente que en la guerra, y el patético Oliver se ve envuelto en sus tejemanejes.

La serie hace uso y abuso del manido recurso del flashback; sí, la acción transcurre en el presente, después de que Oliver Queen haya sido rescatado de la isla, pero los episodios nos retrotraen continuamente a sus infernales vacaciones involuntarias en la isla de marras. Esto es, con diferencia, lo más coñazo de la serie: las historietas repetitivas de cómo sobrevivió y se convirtió en una puta máquina de matar que habla mil idiomas y dispara el arco de tal manera que haría llorar a Antonio Rebollo, el señor que supuestamente encendió el pebetero en Barcelona 92. Señores de CWTV: no interesa a nadie. Si ya nos aburrió cómo la prota de Kill Bill aprendía Kung Fu, el cómo un pijo logra no convertirse en pasto de sanguijuelas durante 8 años es ya agua pasada que no mueve molino.

Hela aquí: la ex-novia sosainas

Hela aquí: la ex-novia sosainas

Total, que Oliver regresa, cariacontecido y contrito, con una misión: barrer su ciudad (Starling city, qué nombre más ñoño) de los colegas de su padre. Para no desentonar, simula seguir siendo un calavera, pero ahora se ha transformado en un chico bueno, que por las noches se toma la justicia por su mano (eso sí, muy al estilo Equipo A, intentando no matar a nadie). Al mismo tiempo, se tira a todo lo que se mueve, aunque sigue perdidamente enamorado de la sosa de su ex-novia, a la que puso los cuernos con su hermana (sí, la que murió en el naufragio… ¿empezáis a daros cuenta de lo que más pesa en esta serie, verdad?)

No voy a seguir desgranando el reparto, porque es a cada cual más tópico y triste. La madre que resulta ser también mala, la hermana que sigue los pasos de su hermano (en el aspecto de pija tonta, no de heroína reparte hostias), el sidekick negro del héroe (¡negro! ¿Tenía que ser negro, de verdad?), la cerebrito informática del grupo, el amigo de buen corazón que quiere estar a la altura pero no lo consigue, el malo malísimo que está convencido de la rectitud de su maldad… bueno, al final sí he hablado de los secundarios, cómo es el uso figurado del idioma, oye.

Los astutos productores de este canal se propusieron algo, y no sé en verdad si lo lograron, pero conociendo al público seguro que sí. Su insidioso plan era crear una serie que consiguiera sentar en el mismo sillón a ella y a él: para ella, la parte sensiblera, el tío bueno mostrando cachas a la menor oportunidad (sí, en serio, en cuanto puede se quita la camiseta), y la música de cantautora cuando hay escenas de llorar o de amor; para él, las fantasías masculinas de convertirse en un asesino letal aunque tengas treinta y pico años, las hostias como panes y las explosiones de baratillo, los escarceos sexuales del prota, y el puntito de entrega desinteresada y heroicidad. No me miréis mal, así son los estereotipos de pareja treintañera heterosexual actual, me limito a evidenciarlos.

¡Que no, que no soy caperucita, copón ya!

¡Que no, que no soy caperucita, copón ya!

Han parido 23 capítulos en la primera temporada. Sí, un dos y un tres: dos decenas y tres unidades. No hay serie que aguante actualmente ese ritmo, lo sé, y con más razón me fascina haberme tragado casi dos docenas de esta moñada. Mi psicólogo va a tener material para muchas sesiones. Lo increíble es que los planes pasan por volver a emitir otros veintitrés episodios en esta segunda temporada, y ahí es donde se termina mi imaginación y empieza mi asombro… de verdad, si ya me cuesta creer que hayan llenado esa carretada de emisiones de casi cuarenta y cinco minutos, no me cabe en la cabeza qué les queda por contar. Ya no queda nadie por morirse, o por ser traicionado por alguien, o por organizar una conspiración criminal y horrenda. Y de verdad, lo repito: no nos interesa cómo el súper-héroe encapuchado que se pinta la sombra de ojos para que no le conozcan aprendió a ser un boina verde. Y no, no pienso salir de dudas viendo la segunda temporada; soy masoquista, pero tengo remedio.

Veredicto: Con las miles de series interesantes, bien escritas y mejor interpretadas que hay por ver, no sé qué haces siquiera leyendo esta crítica. Aprende de mis errores, y no toques esta serie ni con un puntero láser. Ni una flecha.

Imágenes procedentes de la página web de la productora, CWTV. Favorazo que os hago, haciendo publicidad de esto.